CUANDO UN GRAN CIRUJANO RECIBA EL MISMO RECONOCIMIENTO QUE UN FUTBOLISTA, COMENZARÉ A PENSAR QUE LA HUMANIDAD AÚN TIENE ESPERANZAS Para lograrlo habría que pasar cirugías por la tele y/o trasmitirlas por radio

25 marzo, 2018

 

¿Se imagina usted, querido lector?

¡Parado frente al lado derecho de la mesa de operaciones, el cirujano Dr. Carlos Kolkerer espera, con el bisturí en la mano derecha, el visto bueno del anestesista, hacia quien dirige una mirada inquisidora!

Cuando recibe el guiño, avanza y realiza un profundo corte en la piel del muslo. El paciente no da muestras de dolor.

El ayudante, con un manojo de gasas en la mano derecha, comienza a secar la sangre que mana abundantemente de los tejidos, mientras que con la izquierda sostiene un separador que va siguiendo la mirada del cirujano que recorre el fondo de la herida y comienza a parar la hemorragia colocando pinzas de hemostasia.

¡Buena maniobraaaa!

El sangrado inicial ha cesado. Pacientemente, mientras el ayudante sostiene las pinzas en el aire, van aplicando el electrocauterio y retirando las pinzas de Halsteadt.

Seguidamente, con manos hábiles y que no dudan, inicia Carlos la apertura de la aponeurosis y llegando al músculo, procede al divulsionar las fibras hasta llegar al hueso.

¡Bieen!!, grita la instrumentadora, ¡Bravo doctor, impecable!

Aspirador en mano, el ayudante va retirando sangre y coágulos del foco de fractura. El cirujano, sin perder el tiempo en esas minucias, ya ha colocado sendos clamps para hueso y coloca la fractura en su lugar exacto, logrando reponer la continuidad del hueso quebrado.

La tribuna, que mira desde la cúpula de vidrio del quirófano, aplaude la maniobra tan certera. Los asistentes al evento comentan entre ellos acerca de la velocidad con la que opera Carlos, tan seguro de sí mismo. Van apenas 8 minutos desde que hizo la incisión en la piel.

Dándose vuelta en ese momento, le dice a la instrumentadora con tono autoritario: ¡Prepáreme una placa con diez tornillos! Primero páseme una buena legra; una afilada, no como la que me dio ayer, que era una porquería!

Retira el periostio del hueso, dejándolo al desnudo. Toma la placa y la coloca a modo de puente sobre el hueso, centrándola exactamente sobre el trazo de fractura. Habilidad pura la de este cirujano. Se le notan años de experiencia.

¡Perforador eléctrico!

Lo recibe en su mano y aplica la mecha de evidia de 3,5 mm sobre el primer orificio de la placa, hasta perforar el fémur de lado a lado. Con una gasa el ayudante retira el aserrín óseo y la sangre que mana del orificio. Carlos introduce el primer tornillo hasta ajustarlo a su satisfacción con el destornillador.

Así, uno a uno, va colocando los diez tornillos. Se aleja un paso y expresa su satisfacción, mirando con una sonrisa fanfarrona hacia la cúpula de vidrio llena de estudiantes.

¡Bravoooo! Grita la tribuna.

Muy bueno, Carlos, dice el anestesista mientras le palmea la espalda.

Lavan la herida con abundante suero tibio y comienza el cierre de la herida. Numerosos puntos de sutura, primero en el músculo para retornarlo a su emplazamiento original, luego minuciosamente la aponeurosis recibe múltiples puntos para evitar que se produzcan hernias musculares, y finalmente la piel, con sutura bien prolija, porque si no fuera perfecta bien podría ocurrir que alguien piense que lo que hizo adentro también fue desprolijo.

Mientras el ayudante y la instrumentadora colocan unos apósitos sobre la herida, Carlos da la vuelta olímpica alrededor de la mesa de operaciones, recibiendo las hurras de las enfermeras, el camillero y los estudiantes que aplauden desde la cúpula vidriada.

Desde atrás del vidrio de la cabina de transmisión, los dos periodistas adherimos al festejo haciendo ver nuestros pulgares hacia arriba. Todo el mundo muestra su alegría por el éxito rotundo.

*   *   *

Esto ha sido todo por hoy, queridos escuchas. La operación ha sido un éxito. Los esperamos mañana, a la hora de siempre, en nuestro programa “Cirugía para todos y todas”, en vivo y en directo. Mañana, con una operación de vesícula a cargo de nuestro cirujano estrella Rubén Malborough.

 

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AMOR EN LAS REDES SOCIALES

14 marzo, 2018

Amo a una mujer
que sólo es ella en internet
pues viviendo fuera de la red
las inhibiciones la transforman
en alguien que en verdad no es.
Aflora su real personalidad
como si confesionario fuera
escribiendo en Facebook sus verdades,
esperanzas, amores y ansiedades,
(todos secretos en la vida real)
dejando así que se descubra
ese yo profundo no mostrado
por temor absurdo al que dirán

Sólo espero que algún día
madure hasta poder advertir
que superar sus represiones
es la única manera de vivir.

MI ENEMIGO DE PULSERA.

3 febrero, 2018

Nunca nos hemos llevado bien los relojes y yo.

Hay días en que por alguna razón deseo que el tiempo pase rápido, que la hora esperada llegue pronto, y sin embargo, él, mi reloj, no se apura. Es absolutamente indiferente a mis necesidades.

La semana pasada, por ejemplo, tenía una cita para una entrevista de trabajo, buscaba conseguir empleo como corrector en un diario de mi ciudad. Me desperté un poco ansioso a las 6.30, desayuné, me duché y cuando ya estaba por salir se me ocurrió mirar la hora. ¡Apenas habían pasado poco más de 40 minutos, y la entrevista era a las 9.00!

Impaciente, me puse a releer un cuento que había escrito un par de meses atrás, para buscar defectos de redacción o faltas ortográficas, de esas traviesas que a veces se cuelan en un escrito, inadvertidas. Lo leí dos veces, detalladamente, sin encontrar nada para corregir. Volví a levantar un poco la manga del lado izquierdo de mi camisa para controlar la hora. Sentí que él se burlaba de mí. Estoy seguro que a pesar de la rigidez de su rostro inmutable, por dentro estaría riéndose.

Me levanté del escritorio, fui hasta la heladera y me preparé un bocadillo de jamón con galletitas de agua. y luego otro más y una taza de café caliente. Me senté en la mesa del comedor a tomar el tentempié con parsimonia digna de quien no tiene noción del paso del tiempo, pretendiendo engañarlo. No resultó, sólo tardé 15 minutos en prepararlo y comer, quizá inconscientemente muy rápido. El muy maldito, desde su esfera plateada, me contemplaba indiferente.

Ya eran las 8.15, según me mostró.

Di unas vueltas por la casa, le eché alimento a los peces de mi acuario, me cercioré que la gata tuviera alimento y agua, y decidí partir. Me miré por última vez en el espejo del ascensor, acomodé un poco el nudo de la corbata y fui hasta mi auto, en el garage del edificio.

Hacía mucho frío esa mañana. Mi auto, cómplice del reloj, se negó a arrancar durante minutos que me parecieron eternos. Apreté demasiadas veces el acelerador para cebar el motor, hasta que sentí que salía olor a nafta por el caño de escape. Lo había ahogado.

No tuve más remedio que esperar un poco, dejarlo descansar hasta que se normalizara la situación. Volví a mirar mi reloj… ¡Ahora avanzaba el minutero con inusual rapidez! Ahora que estaba por llegar tarde por el parate del motor, él se apuraba. Parecían estar acelerando el segundero y el minutero, si casi me parecía oír sus comentarios burlones acerca de mi ahora deseo de que el tiempo transcurriera más lentamente.

Y… Bueno, así transcurre nuestra convivencia.

Buena cosa sería que no existieran los relojes en nuestras vidas.

KALLIPYGOS*

6 diciembre, 2017

Estaba esa tarde el poeta sumergido en profundos soliloquios acerca de la asombrosa kallipygia de su vecina, cuando de pronto asomose a su casi cotidiana irrealidad el regaño de su esposa que requería su colaboración para abrir un frasco.

Era frecuente por aquellos tiempos que sus elucubraciones fueran interrumpidas por quien poco tiempo después pasaría a ser su ex esposa. Ella parecía tener un sexto sentido para detectar esos fútiles pensamientos eróticos con los que entretenía sus ocios. Ya estaba acostumbrado.

Sin embargo, esa vez algo le molestó especialmente. Quizá fuera el innegable hecho de que las nalgas de la vecina eran realmente magníficas. Probablemente fuera el perentorio tono de voz con que le exigió colaborar en la apertura de un frasco de conservas cuya tapa estaba decidida a no dejarse abrir por cualquiera, salvo por él mismo. Igual que, fantaseaba, ocurriría con su tentadora vecina.

Mientras forcejeaba con la tapa del envase de vidrio, entre resoplo y resoplo continuaban desfilando por su magín recuerdos de la última vez que la vio alejarse con su andar panterino. Lo obsesionaban la cadencia de su marcha, la perfecta redondez adivinada bajo la ropa, su suavidad vaticinada. Nada que pudiera contrastar con lo que tenía en casa.

Acérrimo creyente de que la perdurabilidad de una pareja debe sustentarse por la fantasía entre las principales virtudes, comenzó por esos días a cuestionarse su permanencia junto a su mujer, cuyas posaderas ajadas y celosamente ocultas a su mirada, no lograban ensalzar su erotismo hasta límites aceptables a su dignidad.

Así fue como la causa de su divorcio fue el pandero de la vecina, de quien ignoraba todo, hasta su nombre, menos la voluptuosidad de su pygos. No era que se hubiera enamorado de otra mujer, sino que se tornó consciente de que estaba perdiendo su capacidad de tener fantasías eróticas, de las que tanto gozaba en sus ensueños macho-varoniles.

Aceptó – y hasta promovió- el divorcio pensando en su futura libertad para soñar.

Pero todo fue en vano. Hubo de mudarse, y ya nunca más volvió a ver a su vecina alejarse por la vereda soleada de otoño.

 

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*: del griego “kalli”, bello y “pygos”, culo

EL TESORO DE LA PEÑA DE HAICHOL

30 noviembre, 2017

Cuando uno viaja hacia Chile por el paso de Pino Hachado, poco antes de llegar a la frontera, sobre el lado derecho de la ruta, está la estancia “Haichol” propiedad de la familia Cayol, antiguos pobladores de la zona.

Lleva su nombre por la peña Haichol, accidente geográfico extraño, casi cilíndrico, que se eleva en medio de un vallecito. Calculo, si la memoria no me engaña, que debe tener unos 20 o 30 metros de diámetro por unos 80 de altura, siendo su extremo superior prácticamente horizontal, con leves irregularidades. Sus paredes son casi totalmente verticales, y muy pocas personas han logrado escalar hasta su cima.

Cuentan los paisanos de la zona que si uno logra llegar a ella empleando técnicas de montañismo, se encuentra con una hendidura profunda, vertical, que parece haber sido rellenada con grandes piedras traídas de otro lado, ya que son de un material geológico diferente al de la roca que forma dicha cavidad.

Dicen las leyendas regionales que cuando el cacique Purrón fue vencido en un  combate con tropas nacionales que se desarrolló en las proximidades de la mentada peña, huyó hacia Chile por un paso desconocido entre los pehuenes, uno de los cuales fue hachado por las tropas que lo perseguían para poder reconocer el paso, de allí su nombre que aún conserva: paso de Pino Hachado.

Cuentan también los paisanos de la zona que la gente de Purrón dejó enterrado en la hendidura de la peña un importante tesoro, que cubrieron con las piedras que hoy rellenan –todavía- la grieta en cuestión.

Parece ser que varios aventureros, enterados de la leyenda, en varias oportunidades han tratado de llegar al fondo de la grieta para rescatar el presunto tesoro. Por lo menos cuatro de ellos han organizado expediciones bien planificadas

El primero de ellos, en noviembre de 1922, fue el famoso bon vivant porteño, aficionado a la arqueología y al dinero fácil, Leopoldo Santamarina. En compañía de otros dos truhanes de su misma calaña, pidió permiso a los Cayol para iniciar una investigación. Cuando fue autorizado, contrato mediante que preveía el reparto de lo que eventualmente se encontrase de valor, ascendieron al peñón y comenzaron a sacar piedras y depósitos de tierra arenosa por los vientos. Trabajaron durante 21 días, hasta que frustrados y ya sin fondos dejaron la tarea para más adelante, prometiendo que volverían, pero nunca más se les vio el pelo por Haichol.

Pasaron varios años hasta que una joven parejita de arqueólogos del Museo de La Plata, Felipe Guiñazú y Gabriela Erausque, es sus vacaciones del mes de febrero de 1939, decidieron ir al rescate del tesoro. Habían estado en Haichol el verano anterior, y enterados del tema, que era aún bastante comentado en la comarca, habían tomado la decisión de pasar su franco estival investigando la posibilidad de tener éxito. Se presentaron el 1º de febrero en la estancia provistos de equipamiento variado que les permitiera entrar en la hendidura y sacar las grandes piedras que la ocupaban. Escaleras de soga, un aparejo portátil con sogas y un malacate y diversas herramientas fueron izados hasta la cumbre. Pasaron 5 días de grandes esfuerzos, con la ayuda de dos paisanos contratados, para subir todo el equipo, de manera que recién al 6º día de andar por allí arriba pudieron comenzar su trabajo, una vez que hubieron despedido a sus peones, en un intento de que nadie viera lo que pensaban encontrar. Durante los siete días siguientes lograron subir con el trípode instalado sobre la grieta, con roldanas y un malacate, tres piedras moderadamente grandes y varias más pequeñas. Pero todo el esfuerzo fue inútil. Las piedras parecían reproducirse, prácticamente no se notaba ningún avance hacia la profundidad,,, y el tiempo se acababa, debían volver a su trabajo en el museo. Quedaban piedras mucho más grandes, que requerirían aparatos más fuertes y más esfuerzo humano para progresar. Desilusionados, abandonaron la tarea dejando allí el malacate y el trípode, con la esperanza de volver a utilizarlos en tareas menores que las que faltaba acometer.

A su retorno a La Plata, buscaron apoyo económico y de las autoridades del Museo para emprender una nueva campaña. Entrevistaron industriales que pudieran aportar maquinaria más pesada y todo lo necesario para izarla hasta la cima, mecenas que aportaran para los gastos, apoyo científico, y apoyo humano con mano de obra que se entusiasmara con la idea. Del museo obtuvieron un tibio apoyo científico en forma de una beca que otorgaría algunos pocos pesos y más días de licencia para la expedición, que incluyó a tres nuevos jóvenes arqueólogos, dos ya profesionales y una joven estudiante. La firma Metalplat S.R.L. ofreció un guinche que podía ser amurado en el borde del peñasco en un lugar que permitiría izar máquinas y herramientas más pesadas que por una simple escala de sogas como la primera vez. Un minero retirado se ofreció a fragmentar piedras grandes dinamitándolas.

Pero la 2ª guerra mundial obligó a postergar la expedición. Recién en 1947 lograron continuar con sus propósitos. Claro que a esta altura hubo que rearmar el grupo. El explosivista jubilado había fallecido, de los dos jóvenes arqueólogos una se había casado y tenía niños que atender y el otro había emigrado. Solamente el estudiante, que ahora era un investigador senior quedaba. Pero se unieron otros interesados en participar y felizmente se pudo completar el equipo humano.

Comenzaron a trabajar donde habían abandonado años antes. Todo estaba intacto, salvo una capa de arena voladiza. Juan Sábato, el nuevo experto en explosivos, logró fragmentar tres grandes rocas, que con el nuevo aparejo se hizo relativamente fácil sacar fuera de la grieta los pedazos, que fueron arrojados hacia abajo.

Pero pocos días después sucedió una tragedia: aparentemente las explosiones habían agrietado las paredes de la hendidura, y hubo un derrumbe de rocas sobre los dos que estaban trabajando abajo. Emilio Cohen falleció instantáneamente, con su cráneo aplastado. Elpidio Gómez sólo sufrió una fractura en su pierna izquierda.  Fue una jornada terrible y muy angustiante por la difícil tarea de descender los accidentados y evacuarlos hasta Las Lajas.

Cundió el desánimo y la expedición fue definitivamente abandonada. Allí quedaron los aparejos como mudos testigos de lo ocurrido.

Recién en 1975 un grupo de cuatro personas se aproximó a Haichol. Recibieron de Tito Cayol (que residía en la estancia en esa época con su esposa) el permiso para intentar una vez más averiguar si la leyenda era cierta.

Pusieron a punto la maquinaria que había quedado, subieron nuevas herramientas, y pusieron manos a la obra en noviembre de ese año. Pero por poco tiempo. Habían calculado mal los gastos que tendrían y el tiempo que insumiría la extracción del pedrerío, que parecía no acabarse nunca. Una semana después se retiraron derrotados.

Desde entonces, el tesoro del cacique Purrón –si es que existe- sonríe desde el fondo de la Peña de Haichol, esperando que algún nuevo entusiasta quiera arriesgar su dinero, su salud y sus días en la empresa.

¿Alguien de los que lee esto se anima? La leyenda sigue vigente y es muy posible que tenga verosimilitud. Así lo afirman investigadores que han estudiado los sucesos de la época de la Conquista del Desierto.

PASEANDO PERRITOS (Un cuentito neologizado)

29 noviembre, 2017

Era una mañana feboplénica, brillosa y acefírica. Daban ganísimas de salir a pasear. Le puse el collar al Bobby y salimos a andarvagando por el campo. Él, como acostumbra, iba curiosihusmeando hasta el último yuyito, hasta que encontraba un aromagustable. Ahí, sobre esa pobre gramínea distraída, evacuó su vejiga con cara de complicicultura, con esa mirada que me dirige cuando se sabe comprendido.

Cumplida la fisiológica misión, seguimos garabateando el destino por entre ortigas, cardos y matas, caricionados por Febo esplendente, en esa mañana primaverante. Así seguimos largo rato andando casi sin rumbo fijo, hasta llegar al bosque de abedules, donde un ambiente frescoso nos esperaba. Y más aún, para sorpresearnos, nos encontramos con una mujer capaz de hermosear el paisaje, que también andaba perreando su terrier saltarinosa, que se dejó husmear sus partes nobles por el Bobby sin vergüencearse ni un poquito. Se amistadiaron en seguida, dándonos el ejemplo a la dama y a mí. ¿Como se llama tu perrita? le pregunte. Canela, me dijo. ¿Y vos? Ethel, me contestó. Encantado, soy Javier, y él es Bobby.

Comenzamos a senderear por entremedio de los abedules blanquitroncados amistosos, chamuyando ningunerías, hasta que nos dimos cuenta que el Bobby se estaba montando a la Canela freneticando movimientos pélvicos jadeados convenientemente.

Nos miramos sonriendo, y decidimos sentarnos juntos en un tronco aterrizado para ver el espectáculo, por mi parte morboseando un poco, mirando a Ethel a cada momento. La veía un poco consternada, nerviosada ante la situación un tantín afrodisiacante, pero a la vez concentrada en el espectáculo, como si estuviera secreteando algún recóndito despertar de deseos. Por mi parte, sentía un voluptuoso calenturamiento que ascendía desde el sur de mi cuerpo.

Cuando acabaron su relación los perros, ella se paró. Bueno, dijo, habrá que volver a casa. ¿Todos los días andan por acá? Pregunté. Oh, si, me dijo, encontrémosnos mañana a la misma hora en este lugar.

Con un gesto rápido tomé una flor parecida a una margarita de la vera del sendero. Se la dí y le dije: tómala, para que no olvides nuestra cita. Y no la deshojes, ya tienes la certeza. Estoy seguro que hemos comenzado a romancerear. Parece que sí, me contestó picaresqueando con sus ojos celestes. ¡Vamos, Canela! dijo dando media vuelta y comenzando a retirarse de la escena. Y me quedé ahí, parado, mientras Cupido me llenaba el alma de flechas feromonizadas.

SERMÓN DE NINGÚN LADO

21 noviembre, 2017

Bienaventurados los que son capaces de emocionarse mirando una flor, porque ellos saben gozar del mundo y la existencia.

Bienaventurados los amigos que dan sin pedir, porque tienen la recompensa dentro de sí mismos

Bienaventurados los que se estremecen oliendo el bosque, o contemplando un paisaje, porque la vida pertenece a los ricos de espíritu.

Bienaventurados los que tienen hijos, porque han trascendido más allá de su frontera vital.

Bienaventurados los artistas, porque son capaces de hablar por sí, por los demás y por generaciones futuras.

Bienaventurados los amantes, porque lograrán que la especie siga existiendo.

Bienaventurados los idealistas, porque son la máxima expresión de lo no animal de Homo sapiens.

Bienaventurados los que perdonan y olvidan, porque de ellos es el futuro, ya que no poder hacerlo es anclarse al pasado.

Bienaventurados los místicos y soñadores, que son capaces de despreciar la cruel realidad.

Bienaventurados los sabios e investigadores, que suelen ser los que cambian la vida de las personas para mejor.

Bienaventurados los que no creen en nada, pues son los que persistirán buscando la verdad en lugar de tranquilizarse adoptando verdades presuntamente reveladas sin sustento lógico.

ARGONAUTAS

28 septiembre, 2017

Viajando en el Argo de mi cultura

voy por el mundo navegando.

He partido desde la Cólquide

de mi biblioteca buscando

el vellocino del conocimiento,

ese por muchos despreciado

en este mundo frívolo de hoy.

He amado desde muy pequeño

ser nauta en miles de libros

que me transportaron por mares

a veces serenos y otras bravíos,

pero que siempre me atraparon

en emociones desencadenadas

por escenas nuevas inventadas,

que iba recreando en mi mente

a partir de frases inteligentes

volcadas por esos grandes eruditos

de la literatura, en sus escritos.

¡Canto glorias a aquellos autores

que con tesón vienen sembrando

buenas semillas de esos valores

en cerebros ávidos de navegar,

Argonautas de un mundo ideal!

VIDA

24 agosto, 2017

Por más que adores a la Luna

y aunque quieras alcanzarla

no podrás atrapar su reflejo en el lago

para llevarlo hasta tu casa

 

Cuando te sientas perdido

vuelve atrás sobre tus pasos

recomienza el camino buscando

el momento o el lugar del desvío

 

Si explorando la vida

encuentras un tesoro escondido

déjalo allí para que tus hijos

(si les señalas el camino)

puedan disfrutarlo otro día.

 

Siéntete recién nacido

cada día que comienza

nada sabes por haber vivido

comparado con los mucho que aún ignoras

Se humilde, pues, a todas horas

y maravíllate de lo nuevo conocido

sea poco o mucho, si lo valoras,

serás cada día más persona.

Se el juglar de tu propia aventura,

disfruta la lluvia de cada verano

que nunca la vida será tan dura

si la recorres con tu amor de la mano.

VELORIO

24 agosto, 2017

El día que yo muera

quizá alguien llore

y otros festejen

pero la mayoría

estará ausente,

indiferente.

Pero de algo estoy seguro:

Yo estaré presente