LA BUROCRACIA Y SUS CONSECUENCIAS

15 abril, 2017

Odio la burocracia. Odio más aún a los burócratas. ¿Porqué digo esto?. Bueno, a lo largo de mi vida profesional, me ha tocado, como a todos, supongo, enfrentar obras maestras de la tiranía de los burócratas. Las mutuales están plagadas de tiranuelos de barrio, que se deben sentir importantes obligando a los médicos a hacer lo que ellos quieren.

Enormes formularios inútiles, papeles que plantean exigencias absurdas, demandan tiempo y requieren datos que nunca nadie leerá ni servirán para nada. ¿Quien no ha tenido aunque sea un poquito de bronca cuando llega un paciente al consultorio solicitando llene uno un papelucho de éstos que exige la mutual, o el empleador, o la ART? Parece que alguien anónimo, uno de esos buro-tiranos a quien se le encomendó la confección del original de estos papeles, dibujó un montón de casilleros y luego se preguntó qué datos podría exigir para completar el llenado de los mismos, así, al azar, sin criterio ni finalidad determinados ¡Ahhhjjjj!

Muchas veces obtengo pequeñas venganzas (por lo menos sueño que lo son) empleando vocabulario farragoso, o términos en latín incomprensibles para el lego. Pero nunca, juro, nunca, nadie me pidió que aclarara qué significaba lo escrito, lo que viene a confirmar que nadie lee lo requerido.

Un caso especial, son los recetarios para medicamentos de algunas Obras Sociales. Cuando uno receta cualquier medicamento (de los que están en el propio Vademécum de esa mutual, por supuesto, aunque a veces figuran allí pero ahora no se lo reconoce), se deben completar en el encabezado de la receta una serie de datos, alguno de los cuales, en mi humilde opinión, no le interesan a nadie. Ni al auditor, ni al farmacéutico, ni a la telefonista.

Una vez, hace ya bastante tiempo, había terminado de atender una señora con una inflamación en el dorso de un pie, y me disponía a recetarle un antiinflamatorio.

Le pedí el recetario de su Obra social y comencé, con cierto dejo irónico propio de quien está haciendo una broma sutil (tonto de mí, creía ser gracioso), a solicitarle los datos que debía cumplimentar:

  • ¿Apellido y nombres, señora?
  • María Silvia Pèrez de Gómez
  • ¿Número de afiliada?
  • 56704
  • ¿Edad?
  • 42 años, doctor.
  • ¿Número de carga familiar?
  • 01
  • ¿Sexo?
  • …. (silencio y gesto de molestia evidente) ¡Y…, lo normal, de vez en cuando! ¿Porqué me lo pregunta?
    (¡AAAYYYY!, tragame tierra!!!)

PATAGONIA ES…

15 abril, 2017

 

Patagonia es selva fría, montañas, nieve y lagos azules

Es desierto, es valles frutales, es ríos caudalosos, arroyos incesantes

Es mar transparente, playas, acantilados orgullosos, restingas misteriosas

Ballenas, lobos marinos,  merluzas, pingüinos y pulperos

Es historia, es abandono, es leyendas y mil misterios

Tierra de pioneros, pistoleros, anarquistas y emprendedores

Es guanaco, ciervo, puma, mara, cóndor, choique y avutarda

Es roca, arenales, jarillas, alpatacos, araucarias y neneos,

Es ventifactos, cañadones ásperos, salinas y volcanes mágicos,

Cordillera, cavernas, glaciares, lagos helados, sierras gastadas

Es el lugar donde reposan dinosaurios y árboles hechos piedra

Es sacrificio, es frío, es mucho viento, es lejanías impensadas

Es cielo estrellado, aire puro, aguas prístinas, soles bravos

Horizontes nítidos, bardas, mesetas y eras geológicas expuestas a la vista

Tierra de nadie, tierra de indios, tierra de aventureros que se animen

Lugar de gigantes, de mitos, de ciudades imaginarias nunca halladas

Es donde hay pueblos que no existen pero figuran en el mapa

Destino de buscadores de oro fracasados, de mineros sepultados,

De ovejas y de grandes estancias, de puesteros tozudos ocupantes de parcelas fiscales

Es tierra de razas extinguidas masacradas, o infectadas, o desplazadas

Territorio víctima de invasiones a veces exitosas y otras fracasadas

Es petróleo, gas, electricidad, sudor, sufrimientos y futuros inciertos

Es región de provincias diseñadas por el lápiz de burócratas

Es estar lejos de todo, pero cerca del cielo

Patria mía, Patria de mis hijos, Patria bravía, Patria desafío.

¡Patagonia amada!

OTOÑO

22 marzo, 2017

Miro por mi ventana …

Afuera, un colchón de hojas amarillas

se extiende bajo los fresnos

algunas, tesoneras,

persisten verdes en su rama.

Más allá, un Liquidámbar

muestra su orgullosa corona rojiza.

Hace frío allá afuera,

el otoño ha comenzado …

Por mi mente, asentada en un cuerpo

que comienza a estar viejo,

pasan algunos recuerdos:

horas gozada de sexo furioso

que ya no puede ser,

amores olvidados,

estudiantinas, compañerismos.

el nacimiento de los hijos,

(que ya han comenzado a irse)

amigos, melancolías y alegrías,

éxitos y fracasos …

Te contemplo, en la paz cimentada en el amor,

y siento no haber vivido en vano.

pero sin embargo,

hace frío allí afuera,

y también aquí adentro,

en mi alma.

Cipolletti, marzo de 1994

 

 

SE VA EL VERDE

22 marzo, 2017

Amo los remolinos de hojas, que muriendo vivan la vida.

Susurros de viento que se convierte en espirales, animando los grises propios de la estación con fantasías inacabadas.

Vorágine de colores transitorios, que se fugan demasiado pronto hacia el recuerdo, dejándote con ganas de más.

Mañanas de rocío. Noches frescas después del oprobio veraniego.

Juntar hongos en el pinar después de la lluvia.

Volver a sentir, después de mucho tiempo, el aroma mas amable del Universo: el de la tierra mojada.

Despedirse de las flores hasta la próxima primavera. Gracias por haber estado.

Amarte bajo las sábanas, pues así es necesario.

Preparar el paraguas y quizá el impermeable.

Cosechar las últimas manzanas. Y los membrillos. Plantar ajos y coles.

Juntar piñas para el centro de mesa.

Sentir e imaginar poesías de amor desde atrás de una ventana, junto al primer fuego encendido.

Quizá gozar la primera nieve.

Amo el aroma de la primera leña que se quema.

Y el espiral de humo que sale por la chimenea, que me espera cada tarde.

Y al que he esperado ansioso desde hace meses.

Amo la dulce melancolía que me acompaña.

Siempre, desde siempre; desde muy niño, tuve una relación espiritual muy íntima, una conexión cósmica como una cuerda tendida entre el otoño y lo mas hondo de mi sentir. En él nací.

¡Amo el otoño!

abril de 1995

 

 

 

 

 

PARA IR VIENDO

22 marzo, 2017

Algún día tendré fuerzas para hablarte sobre mí.
Algún día podrás mirarme y podrás leer los renglones de mi vida.

Algún día te miraré a los ojos y tú me mirarás, sin armaduras, sin absurdas caretas…
Algún día querré ser yo, y querré que tú estés a mi lado.
Algún día soñaré mi vida, algún día viviré mi sueño.
Algún día necesitaré que me abraces, algún día necesitaré abrazarte.
Algún día cuando nada tenga sentido, te miraré y todo volverá a tenerlo.

Algún día lloraré por ser como soy conmigo.
Algún día sabrás todo lo que no te cuento, algún día lloraré todo lo que yo siento.
Algún día podré reír sin tristeza, llorar con alegría, o simplemente reír, o simplemente llorar…

Algún día siempre estará por llegar… si digo algún día, es por falta de valentía

Porque algún día es hoy o es nunca

Algún día es una entelequia que huye hacia el futuro

Cuando pienso en “algún día” es porque pienso en nunca, aunque nunca lo reconocería.

Pero sin embargo, ese algún día ha llegado: ¡Hoy comienzo una nueva vida!

CAMINAR EL DESIERTO

15 marzo, 2017

Amo vagar por el desierto

cuando el viento anda suelto

por entre los jarillares

agitando tibios arenales

 

Amo sentir como castiga

el sol durante todo el día

y mirar extasiado el cielo

en noches de cosmos nuevo

 

Amo los aromas llevados

por los aires movilizados

del tomillo y la jarilla

hierbas muy amigas mías

 

Amo los cielos despejados

vistos en la barda sentado

sintiendo el silencio absoluto

y a Natura rendir tributo

 

Amo respirar bien hondo,

sentirme parte del cosmos,

gozar tanta Patagonia

mi tierra tan exótica.

EL OJO DE JUAN

11 febrero, 2017

Esa noche, Juan Hipólito Aravena salió del boliche “Salvaje” en Uacacó,  bastante pasado de copas, como era habitual en él y sus amigos cada viernes y sobre todo los sábados, aprovechando que por lo general los domingos no había que andar arreando ovejas de un cuadro a otro. Y si había que hacerlo, el bueno de su caballo Tincho casi sabía hacerlo solo, con él montado como podía, sujetándose a la silla con las dos manos y refunfuñándole al equino alguna cosa que al parecer entendía.

A pesar de sus excesos etílicos, su cuerpo sabía llevarlo al atajo que tomaba cada semana a través de la chacra del viejo Leandro Reynoso, para lo cual debía pasar por un alambrado, deslizando el cuerpo entre el tercero y cuarto hilos, y a continuación atravesar la esquina del campo del inglés John Targett, que, ese sí, era más bravo, ya que los gringos ponían siete hilos en sus alambrados, con por lo menos dos con púas. Este trayecto implicaba pasar dos alambrados del inglés, cosa que se complicaba sobre todo cuando su estado de conciencia era casi crepuscular, en el límite de lo que lo separaba de quedar tirado al sereno toda la noche.

Pues bien, como venía contando, cruzó el primer alambrado con púas sin mayores problemas, salvo un arañazo en la verija, que lo hizo tambalear un poco cuando retomó la marcha, llegando a contrapié al segundo cercado. Al pasar por encima de uno de los alambres empuados, sintió un fuerte raspón en el rostro, sobre el ojo derecho. Pero siguió caminando como pudo, enjugándose la sangre que manaba de la herida con el pañuelo de cuello que siempre llevaba puesto.

Llegó a su rancho y semiinconsciente por culpa de las varias ginebras empinadas, se durmió.

Cual no sería su sorpresa al día siguiente, al levantarse y contemplar azorado las cosas que lo rodeaban: sólo veía la mitad izquierda de la silla que tenía junto a la cama, la mitad izquierda de la puerta de su rancho,  media mesa,  medio mate y media pava. Miró por la ventana y vio la mitad izquierda del carro que estaba ahí afuera. Se tapó el ojo izquierdo y no veía nada. Hizo lo mismo con el derecho y se repetían las imágenes, o, mejor dicho, la mitad de las imágenes de todo lo que miraba. Incluso se miró los pies, y parecía tener sólo el izquierdo. Y con las manos lo mismo.

Volvió a acostarse, creyendo que le duraba la borrachera, y se durmió. Pero cuando volvió a despertarse, todo seguía igual. Solamente veía la mitad izquierda del mundo. Se miró en el espejo que tenía para afeitarse y advirtió que sólo podía ver la mitad izquierda de su rostro, que palpó para cerciorarse de que lo tenía, y comprobó que sí, allí estaba. Pero se horrorizó al intentar tocar el ojo y encontrar nada más que un hueco.

Se le ocurrió entonces, en su desesperación, recorrer el camino andado en la noche. Montó a Tincho y fue recorriendo el camino, con dificultad, porque de todo veía la mitad. Ahí, clavado en una púa del alambrado, encontró su ojo. Lo extrajo con cuidado y lo metió en su bolsillo izquierdo.

Desde allí se dirigió, preocupado, al rancho de doña Adela, la curandera-bruja del caserío de Uacacó. La encontró pelando una gallina en la galería delante de su casa, donde tenía un medio tambor de agua sobre el fuego, para aflojar las plumas.

__ ¡Buenas y santas, doña Adela!

Ella levantó apenas la vista con un aire de indiferencia, mientras seguía arrancando plumas.

__ ¿Que andás buscando, Juan?

__ Es que hi tenío una desgracia.

__ ¿Que ti ha pasao?

__ Míreme la cara. ¿No nota algo raro?__ le espetó con angustia

__ ¡Maula! ¿Quien ti hecho eso?

__ Yo solito nomás, por andar medio macháu de noche oscura cruzando alambrados. Acá le traigo al faltante.__ Metió la mano en el bolsillo, y con cuidado le mostró el ojo a Adela, que lo tomó con dos dedos y lo enjuagó en el agua donde estaba desplumando la gallina, lo sopló y secó en su delantal.

__ Bue, ahora estoy ocupada. Pero venite mañana a la mañana. Me ponés el ojo en un frasco con sal muera en lugar fresco, y lo traés mañana antes del alba. Voy a preparar un menjunje cicatrizante. Te voy a cobrar una oveja y seis sapos por la tarea. Y tomá, con estos yuyos te hacés una jarra de té, y te vas a tomar un vaso cada dos horas toda la noche.

Metió el ojo en el bolsillo nuevamente y montó al Tincho, que parecía tener nada más que dos patas, por el lado izquierdo, que era el único que le veía.

Volvió a su tapera, donde vivía solo, y cumplió minuciosamente con las indicaciones de la machi.

A la mañana siguiente, se tomó un par de amargos, y se fue con Tincho para lo de Adela, llevando la oveja atada con un cordel y los sapos en una bolsa de lona. Ésta lo esperaba con un fueguito encendido en un brasero. Lo hizo pasar y le ordenó sentarse en un banquito frente al brasero, sobre el que había puesto un fierro con la punta aguzada. Sacó el ojo del frasco, lo secó en su delantal, y lo colocó frente a la cuenca vacía de Juan, para tratar de orientarlo como debiera estar. Satisfecha, lo volvió a poner en el frasco.

Seguidamente, con el índice y el pulgar de la mano izquierda, separó los párpados del ojo faltante, e inspeccionó la cavidad. Con su mano izquierda tomó el hierro del brasero y en una hábil maniobra, con la mano derecha que Juan no veía, introdujo la punta caliente en la órbita. Un dolor inmenso lo obligó a gritar, aullando como un lobo en noche de luna llena.

Adela no le hizo caso, mientras con habilidad le tapaba el ojo con una venda por la cual había frotado el lomo de uno de los sapos, y que le dijo debería no tocar por tres días, al cabo de los cuales podría retirarla.

__ ¿Cuando me la saque podré ver?

__ Si, por supuesto. Pero la condición es que no toque ni oses retirar el vendaje hasta pasados los tres días. Masticá estos yuyos cuando tengas dolor.

Pero en la noche del segundo día Juan tuvo una pesadilla, se movió mucho durante el sueño, y cuando despertó, el vendaje ya no cubría su ojo.

Cuando intentó mirarse en el espejo, todo seguía igual: solamente pudo ver la mitad del espejo y de su cara.

Desde entonces, hasta su muerte de vejez ocurrida hace 13 años, siguió siempre pudiendo ver nada más que la mitad izquierda del mundo que lo rodeaba. No todo el mundo le creía, pero hasta su último día siguió contando lo que veía y añorando ver su cara en el espejo, o su mano derecha, que permanecía oculta en la mitad oculta de su mundo.

Por eso se lo recuerda con el apodo de “Mediomundo”.

 

BREVE HISTORIA DE UN EREMITA FRUSTRADO (De mi serie de Leyendas apócrifas)

2 febrero, 2017

BREVE HISTORIA DE UN EREMITA FRUSTRADO

Etelvino Gómez era un tipo mediocre, diríamos normal, sin grandes aspiraciones en la vida. Su empleo en el sector de Parques y Jardines de la municipalidad de Cipolletti era, con su monotonía, suficiente para él. Con ritmo cansino pasaba sus días regando céspedes, podando plantas y sembrando, o juntando hojas derrumbadas por el otoño con paciencia infinita.

Cumplía su horario de trabajo y retornaba a su casa bastante humilde, donde lo esperaba la Javiera, su mujer desde hacía unos cinco años. Ella se encargaba de la casa y de a ratos curiosear a sus vecinas, o hacer algunas compras en la despensa del barrio. Tampoco ella era ambiciosa. Lo único que le pedía a la vida era tranquilidad. Y la tenía.

Pero el destino, o lo que fuera, dispuso que un día, al salir por la mañana para ir a comprarle unas zapatillas nuevas al Etelvino para su cumpleaños, se dirigió al centro de la ciudad. Tomó el colectivo, se sentó en unos de los varios asientos vacíos, y cuando llegó al centro después de un trayecto un tanto apresurado, pues parece que el colectivero estaba nervioso por alguna razón, fue a bajar del coche, y en el momento en que iba a apoyar su pie izquierdo en el suelo, el colectivo arrancó bruscamente, haciéndole dar una voltereta en el aire, que terminó bajo las ruedas traseras del vehículo.
El velatorio, a cajón cerrado, se llevó a cabo al día siguiente, una vez cumplimentados los trámites judiciales y la autopsia.

Etelvino quedó desorientado. Su rutina y su vida habían sufrido un cambio abrupto, que no supo dimensionar. Su vida, que se dividía en tres tercios, uno para trabajar, otro para compartir en su casa y el tercero para descansar, había perdido el sentido. No sabía qué hacer, ni como seguir viviendo.

Por fin, tras un par de meses de cavilaciones, decidió cambiar de ambiente, irse de la ciudad a otro lado. Un compañero de trabajo le contó que había conocido un hombre, hacía muchos años, un tal Rivero, que era empleado municipal en Centenario, y que tuvo un drama parecido al de él, y al morir su mujer decidió hacer vida casi de ermitaño; se había instalado en el fondo de la cuenca de Mari Menuco, en un cuarto de adobe que él mismo había construido. Allí vivió varios años hasta que fue desalojado por el llenado de la depresión con el agua que alimentaría una central hidroeléctrica. Se mudó entonces al punto más lejano de la orilla del lago, donde vivió sus últimos años aislado del mundo, con sus cabras y sus caballos.

Decidió hacer algo similar. Había oído hablar de la meseta de Somuncura y las muchas lagunas que había en su inmensidad. Y hacia allá se dirigió. En Valcheta compró un caballo y aperos sencillos con algunos ahorros, y se dedicó durante largos, larguísimos días a recorrer lugares donde asentarse, con la pretendida condición de que hubiera agua y nadie cerca.

Conversó con muchos paisanos que tenían puestos en la meseta, buscando consejo para encontrar su lugar. Tomó infinitos mates amables convidados en cada rancho, y ya estaba perdiendo las esperanzas de encontrar donde instalar su rancho de adobe que debería construir, cuando Salomón Cherque le habló de la Laguna de los Fantasmas. Nunca fue creyente ni supersticioso, por lo que el nombre no le causó mala impresión ni temor alguno, como el que parecía tener don Cherque, que abrió muy grandes los ojos y le recomendó no instalarse en ese lugar, ya que los tres que había conocido que lo habían hecho habían muerto trágicamente. Sus esqueletos fueron encontrados mucho después, uno dentro del rancho y los otros en el descampado, ambos con fracturas en una pierna. Aparentemente habían tenido un accidente con su montura y allí quedaron, sin poder moverse.

Lo que le interesó a Etelvino fue que ya había un rancho construido allí. El resto no le pareció importante para nada. Después de pedirle a Cherque referencias de como llegar allí, montó y partió esa misma tarde nuevamente hacia Valcheta, donde compró varios enseres para el que sería su nuevo hogar, un segundo caballo y una acémila para cargarlos, tela para hacer una cortina que haría las veces de puerta de entrada, una parrilla, una olla, varias cajas de fósforos y una yesca, una bolsa de sal, otra de yerba y una tercera de azúcar, un par de buenos cuchillos, un rollo de alambre, un catre de campaña, algunas herramientas, ropa y alpargatas, un hacha, sogas y otras varias cosas que le pareció serían necesarias. Ya volvería por unas ovejas y cabras que debería arrear hasta el puesto, Y aprovecharía para comprar alguna otra cosa que faltara en su hogar.
Cabalgó durante tres días, bordeando el cauce de un arroyito seco que cada tanto conservaba algún charco de agua salobre, descansando al sereno por las noches mientras maneaba su caballo.

Por fin llegó. La laguna era pequeña, no tenía más de 500 metros de circunferencia, situada en el fondo de una hondonada. Sobre la parte cercana al borde de la misma, se encontraban los restos de una construcción de un ambiente. Las paredes de ladrillos de adobe se conservaban bastante bien, pero el techo de paja ya casi no existía; solamente quedaban los tirantes de madera basta para apoyar los rollos de totora, que crecían en forma rala en las orillas de la laguna. Evidentemente, por los restos de vegetación acuática alrededor del espejo de agua y por la inexistencia en un área bastante grande alrededor del mismo de otro tipo de vegetación, la laguna se estaba secando, y seguramente en forma rápida, ya que no había habido tiempo para que se implantaran los típicos arbustos achaparrados de los alrededores. Solamente se veían tocones de matas de plumerillos y, más cerca del agua, restos de raíces y tallos de totoras. Un par de flamencos y unas cuantas gallaretas completaban el paisaje acuático. Ninguna sombra arbórea a la vista concedía refugio.

Le gustó el lugar, a pesar de su rusticidad.

En el borde de la hondonada encontró una cavernita, apenas una oquedad, de un par de metros de profundidad, que le serviría de reparo para el sol y alguna ocasional lluvia mientras reparaba el rancho. Allí durmió esa noche y las siguientes, sobre el cuero de oveja del apero, exhausto por el viaje y los trabajos. Juntó bastante leña de matasebo y jarillas, totoras para el techo, fabricó algunos adobones que faltaban en una esquina, cazó un par de liebres para su sustento con trampas de alambre, y acomodó sus petates en el rancho.

Esa noche se mudó a su nueva propiedad, y se acostó sobre su nuevo colchón de paja.

Se despertó con sobresalto antes de que amaneciera. Un sonido que no supo si era un grito humano o el aullido de un perro lo sorprendió. Se sentó en el camastro y prestó atención. Ningún ruido se oía. Apenas algún grillo. Pasó un rato sentado, pero nada ocurrió. Volvió a acostarse pensando que había soñado.

A la mañana siguiente se dedicó a recorrer, con su caballo, los alrededores. Ubicó un gran grupo de plantas de matasebo, que prometía buena leña para el invierno próximo, cazó un piche que le prometió un exquisito almuerzo, y ya volviendo, observó en el arenal un rastro como si algo pesado hubiera sido arrastrado durante un trecho de unos trescientos metros. Comenzaba y terminaba abruptamente. En derredor no había objeto alguno que pudiera haber dejado esas marcas en el suelo. No supo interpretar como se habrían producido.

Esa noche durmió bien, de corrido, y recién despertó cuando el sol asomaba. Salió del rancho dispuesto a prender un fuego para calentar agua para el mate, y fue hasta la laguna para buscar agua. Ya se estaba acostumbrando a tomar mate salobre. De pronto, a un costado de su camino, vio otras marcas similares a las del día anterior. Estaba seguro que no estaban antes, absolutamente seguro, pues las hubiera visto. Era un surco de muy escasa profundidad, con algunas líneas más o menos paralelas, de unos 50 centímetros de ancho. Cada tanto, sobre sus bordes, había marcas más hondas, como si alguien hubiera intentado enterrar un palo. Y la tierra estaba mojada sobre el rastro, que esta vez tenía no más de 100 metros de largo.

Esta vez, Etelvino dudó. Por un momento recordó los relatos de don Salomón Cherque y quedó mirando el rastro. Pero no habiendo observado ninguna otra anomalía, pronto olvidó el episodio.

Pasaba sus días cazando, o sobando cueros de un guanaco que había logrado cazar con lazo. Lo había despostado, salado buena parte de la carne para charquearla, y se había fabricado un quillango con la parte del cuero aprovechable para ello, que había curtido sobándolo. Con los restos de la piel, convenientemente pelada, había trenzando finos tientos, sobándolos haciéndolo girar con una piedra oblonga atada en un extremo.

Pasó mucho tiempo sin que parecieran nuevos rastros. Pasó el crudo invierno, durante el que nevó varias veces e hizo tanto frió que debió dormir con el Tango y el Curru, sus dos perros, en su catre, para abrigarse mutuamente.

A todo esto, la laguna, por la creciente sequía, estaba achicándose cada vez más. En la primavera los flamencos no aparecieron. Varios metros más se habían retirado las orillas. Las recorrió varias veces a pie, buscando algún objeto que hubieran dejado viejos pobladores o visitantes, pero nada encontró salvo una botella vacía, que guardó como un tesoro.

Pero al ir llegando el verano, todo cambió.

La laguna estaba secándose, y a medida que descendía el nivel del agua fuero apareciendo algunas cosas. En primer lugar, asomó el techo de una vivienda, que milagrosamente conservaba su cobertura de paquetes de totora, que aunque parcialmente dañados por el agua, permanecían en su sitio.

Pocos días después apareció cerca de la orilla del lado oeste de la laguna, semienterrado, el esqueleto de un bote., Aún conservaba un remo rústico sobre él. Estaba construido con tablas de alguna madera que evidentemente no era de la zona desértica que rodeaba el lugar.

Y lo peor comenzó en las noches de verano, cerca del alba al principio y en cualquier momento más tarde: aullidos escalofriantes, que resultaba imposible identificar quien o que animal los emitía, a cualquier hora después de la caída del sol y hasta su reaparición al día siguiente.

El primer día se sorprendió al volver a escuchar esa especie de grito mezclado con lamento y rugido, indescriptible aún para un conocedor de la fauna que cohabitaba su lugar elegido. Pero con el pasar de los días, al comprobar que nada sucedía cada vez que lo escuchaba fuera de su rancho, fuera lo que fuere el emisor, pasó a restarle importancia, lo tomó con indiferencia.

Así se mantuvo hasta que un día, al volver ya tarde después de un a ronda de control de sus trampas para zorros y liebres, encontró el techo de totoras de parte de su casa destruido, y los materiales que lo constituían desparramados por los alrededores, como para que nadir pudiera pensar que se había derrumbado solo. Intrigado, revisó el interior. Sus cosas estaban completas, nada fuera de su lugar, nada faltaba; además, si hubiera sido algún ladrón, podría haber entrado a su casa simplemente corriendo la cortina que cerraba la única entrada, sin necesidad de romper nada. Lo único que notó en el ambiente fue un aroma a hierbas quemadas, como si alguien hubiera encendido un ramo del tomillo silvestre que crece en las bardas. Esa noche ya no pudo dormir tranquilo. Para colmo, los aullidos se multiplicaron a partir de ese día.

Su vida no volvió a ser igual. Cada vez, los fenómenos inexplicados (o que su mente no podía descifrar), le iban provocando algo que nunca había tenido, algo así como una superstición, o un sentimiento de miedo ante lo que percibían sus sentidos excepto el de la vista.

Poco a poco, sin embargo se fue habituando a estas nuevas compañías, ya que no había recibido ningún daño –salvo la rotura del techo, que no sabía si estaba relacionada con los gritos nocturnos-, restándoles importancia, ya que no interrumpían su vida diaria, y ya no lograban despertarlo por las noches, salvo algunas raras veces que se sentían muy cercanos al rancho, como si se estuvieran emitiendo del otro lado de la pared. Había dejado una antorcha junto a su cama, y varias veces salió a buscar al gritón, pero nunca pudo ver nada.

Mientras, la laguna seguía bajando su nivel. Un día a la mañana temprano, vio, sorprendido, que había asomado, cerca del centro de la misma, lo que parecía ser la cumbrera de un techo.

Si había allí restos de una construcción, de la cual sólo asomaba al sol una pequeña parte del techo (que parecía estar bien conservado), tendría que haber mucha profundidad en ese lugar. Curiosamente, nunca se había aventurado más allá de donde el agua le llegaba a las rodillas, para higienizarse un poco o refrescarse en días de mucho calor. No tenía un bote, ni maderas como para fabricarse una balsa, y no se atrevía a ir nadando hasta allí; le daba un poco de miedo en vista de los hechos. No era natural que el techo de paja estuviera casi intacto después de mucho tiempo de permanecer bajo el agua. Decidió esperar hasta que bajara más el nivel del pelo de agua y observar cuidadosamente la evolución de las cosas.

Esa noche, no hubo gritos, no… ¡Hubo una larga sucesión de los mismos!, que se mezclaban con algo que parecía ser carcajadas emitidas por un burro, por el tono parecido a un rebuzno. Se asomó corriendo apenas la cortina de la entrada, y vio una luminosidad, como si fuera una luz mala de esas que había visto varias veces en su juventud. Casi aterrado, por primera vez en su vida, soltó la cortina y se arrebujó en su lecho de paja cubriéndose la cabeza como tratando de no ver nada. Pasó el resto de la noche sin animarse a salir de su jergón.

Pasadas varias noches de similares problemas, Etelvino sentía que su espíritu se estaba desequilibrando. La ansiedad le carcomía sus reservas. De ser un hombre incrédulo, que había esbozado una sonrisa socarrona cuando Cherque le habló de los fantasmas de la laguna, estaba empezando a creer en la veracidad del relato. Comenzaba a creer que su esqueleto sería encontrado dentro de un tiempo a la vera de la orilla, o quizá tendido en su catre, vencidas sus resistencias. Siquiera se atrevía durante los días que se le tornaban cada vez más largos, cargados de ansiedad, a mirar hacia la laguna.
Por fin, un día soleado por la mañana, miró hacia el centro de ella y allí estaba, descubierta en casi los dos tercios de su altura, la casa de los fantasmas. Era una choza común, prolijamente construida, con un techo de totoras atadas muy bien conservado, una puerta de madera tallada con una extraña figura que parecía ser un pez enorme con cara de un hombre barbado, con manos en lugar de aletas. Despedía una extraña luminosidad, que provocaba la ausencia de sombras sobre la poca agua que la rodeaba.
De golpe, se abrió la puerta y en su vano apareció una cosa informe, que parecía una bolsa de lona vacía, que se movía descoordinadamente, y emitía unos quejidos de bajo volumen. De pronto, se infló hasta parecer que estallaría, y comenzó a emitir el conocido grito nocturno.

Fue suficiente para Etelvino. Pegó media vuelta en el aire, montó su caballo, pasó raudamente por el rancho, recogió lo mínimo, lo cargó sobre su mula y partió.

Nunca más osó acercarse a la laguna, cuyos fantasmas, estaba seguro, lo habían condenado a muerte por ser intruso en su territorio.

Sólo pasó una vez por el rancho de Cherque, para decirle que no había creído en sus cuentos al principio, pero que luego de su experiencia, podía tener la certeza de su veracidad, y que lo autorizaba a mencionar su relato como prueba de ello.
La leyenda de la Laguna de los Fantasmas ha ido creciendo desde entonces.

Nadie más se ha animado a establecerse en ese pago.

Nadie se ha atrevido ni siquiera a explorar el lugar.

Peor aún: nadie en la región recuerda ya su ubicación exacta.

 

Las Grutas, 29 de enero de 2017

DESILUSIÓN DE AMOR

3 enero, 2017

¡Cuanto sufre el espíritu agobiado

cuando al cabo de un largo andar

siente que la paciencia se va acabando

y poco o nada se puede ya intentar!

 

La verdadera felicidad suele ser esquiva

o poco durable, no fiable o momentánea

por mas que algunos la juzguen definitiva

al momento de ilusoriamente alcanzarla.

 

Es en el hombre el sufrimiento vital

la inefable condición de base cotidiana

sólo encuentra felicidad el intelectual

cuando se pierde pensando en el mañana.

 

Y si por ventura se siente un día feliz

muy pronto sobrevendrá la desilusión

y aparecerá en sus neuronas la cicatriz

que portan los que regalaron el corazón.

 

Porque casi todos los amores son finitos

casi todas las esperanzas son ficticias

todos los hombres o mujeres son falibles

y todas las ilusiones siempre adventicias.

EL BUEN PENSAR

17 diciembre, 2016

Así como el eterno oficio del río es andar

aunque nadie lo desvíe nunca de su sino

es tarea del alma de Homo siempre pensar

perseverando en buscar nuevos destinos,

hasta hallar ideas que nada pueda detener

por su potencia irrefutable desde la lógica

aunque los hombres tarden en comprender

dudando desde el fondo de su memoria

pues prefieren su oscuridad mantener,

ya que a lo largo de nuestra historia

ello les ha permitido tener poder.

 

Es la sempiterna guerra de ideas:

unas luchan por mantener la ignorancia

mientras otras tratan de dejarla atrás

superando condenas eclesiásticas

que aún tratan de ocultarnos la verdad.

 

Durante muchos siglos dominaron

los censores del humano buen pensar

cuidemos entonces lo hoy logrado

y que nunca nos vuelvan a dominar.